Desde la ventana de la recámara se veían trabajadores como hormigas que desmontaban tres edificios de Polanco y la Torre de Pemex.
Salí al pasillo estrecho que termina en una sala alfombrada, iluminada a media luz. En la esquina a mi izquierda está un mueble/vitrina con los objetos sagrados. Los dos hombres y la mujer musulmanes, que reconozco como familiares, me invitan a participar en el ritual de ver el Corán.
Con un grueso velo amarillo y otro de colores cubren mi cabeza junto con la vitrina; me dicen que vea dentro del arca de la alianza y hable con Dios, que le pregunte qué es lo que quiere.
Abro la caja/vitrina/arca y meto mi cabeza; el espacio interior es reducido y a la vez inmenso. Dentro veo un dorje y otros objetos irreconocibles. Aunque no lo veo, sé que Dios está allí, en algún rincón del espacio. Le pregunto ¿qué quieres?
Después de unos segundos de silencio escucho una respiración grave, pausada y angustiosa; y luego la voz cansada de Dios que me dice: "Mátame... mátame...". Yo le grito con una mezcla de angustia, miedo, furia e insegura desesperación: ¡¡Ya estás muerto!!
Salgo de la caja, me quito los velos mojados por el sudor del miedo. Mis huéspedes/familiares musulmanes parecen muy complacidos por mi encuentro con Dios, pero el miedo y el asombro siguen anudados en mi garganta y no logro articular palabra para comunicarles su designio suicida.
Mi mujer, irradiando belleza y sensualidad en su vestido arabesco, se prepara para el ritual de entrar en el arca. Me acerco a ella y le susurro suplicante al oído: "Pregúntale ¿cómo matas a un dios?
Sí, fue un sueño raro... De esos que mi mente onírica se arma cuando tengo calor.