En esta ocasión quisiera compartir una pequeña reflexión sobre un tema que últimamente me tiene fascinado, el lenguaje, y de cómo condiciona nuestra forma de aprehender la realidad.
Lo primero que me parece interesante sobre el lenguaje es su aspecto “simbólico-convencional”, es decir, la propiedad del lenguaje de actuar como un sistema de símbolos, aceptados por convención social, que nos permite designar la realidad y compartirla con otros. A ver si me explico.
Supongamos que yo estoy viendo una manzana roja; supongamos que mi hermana está viendo la misma manzana roja.
¿Cómo sé que mi hermana y yo estamos viendo lo mismo?
Podría ser, incluso, que estemos percibiendo sensorialmente cosas totalmente diferentes si, por ejemplo, yo fuera daltónico o no trajera los lentes puestos, pero aún así nos referiríamos a eso como “manzana roja”. Por lo tanto, una misma designación conceptual de la realidad puede no necesariamente corresponder a una misma percepción.
Y sin embargo, podemos compartir la experiencia sencillamente porque nos hemos puesto de acuerdo (por convención social) en usar símbolos específicos (la palabra “manzana” y la palabra “roja”) para designar una percepción específica de forma y color, ¡¡pero esto no quiere decir que estemos percibiendo sensorialmente la misma cosa!! Este razonamiento aplica, naturalmente, a cualquier cosa que percibamos con cualquiera de nuestros sentidos.
Esta reflexión me ha llevado a preguntarme sobre la naturaleza de la realidad que percibo y he tenido que concluir, con gran asombro, que no existe una realidad, sino que ¡hay tantas realidades como perceptores de la misma haya!
Y voy más allá… lo anterior implica, necesariamente, que cualquier punto de vista que tenga cualquier persona sobre cualquier aspecto de la realidad ¡es igualmente válido que el mío, por el simple hecho de que ambos son totalmente subjetivos!
¡Maravilloso!
Segunda reflexión.
Hace relativamente poco me enteré que los esquimales tienen casi 30 palabras distintas para referirse al color blanco de acuerdo con las diferentes tonalidades.
De la misma manera, en sánscrito y en tibetano hay varias palabras para referirse a la mente, dependiendo de la característica o de la cualidad de la misma de que se esté hablando.
En México, sin ir más lejos, tenemos muchas palabras para referirnos a la combinación de tortilla con otro alimento: taco, tostada, tlayuda, tlacoyo, sope, panucho, quesadilla, etc., etc.
Esto me lleva a pensar en otro aspecto del lenguaje que me parece muy interesante, el hecho de que nos permite referirnos a formas cada vez más sutiles de una misma realidad percibida.
Pero me da la impresión de que la cosa funciona también en el sentido opuesto, es decir, ¿será que si un lenguaje no cuenta con ciertas palabras, esto limita la capacidad de percepción de la realidad de quienes lo usen?
Por ejemplo, si yo sólo me refiero al blanco como blanco ¿estaré limitando mi capacidad de percibir las sutilezas del color?
O, lo que es peor, ¿será que culturalmente (por el lenguaje que uso) estoy limitado a percibir sólo ciertos aspectos de la realidad al no tener elementos para nombrar otros aspectos?
¿Será que dejo de percibir cosas por el simple hecho de que no tengo un término para referirme a ellas?
¿Será que mi lenguaje condiciona mi realidad?