lunes, 4 de noviembre de 2013
Escatologías
Celebramos jubilosamente el nacimiento. Mostramos al recién nacido, lo presumimos, lo idealizamos.
Lloramos amargamente la muerte. Escondemos al recién fallecido, lo callamos, lo reprobamos.
Nos reunimos para comer. Presumimos los platillos, nos deleitamos en sus olores, comentamos sus sabores.
Nos escondemos para cagar. Negamos la presencia de la caca, repudiamos sus olores, ni siquiera concebimos sus sabores.
Aceptamos unas, negamos las otras; siendo que ambas son solo partes del mismo continuo. Si hay entrada hay salida. Tan naturales las unas como las otras.
Parece que la obsesión de los orígenes de la que hablaba Bloch se aplica no solo a los principios sino también a los finales. En ambos casos absolutización, categorización absurda de continuos. Otra bonita herencia judeocristiana.
¿Podríamos funcionar sin extremos, sin categorías? En el mejor de los casos reconocer las categorías como lo que son, meras convenciones funcionales, evitando que se salgan de proporción.
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