En mi pasado cumpleaños empecé una reflexión que seguí en año nuevo y que ahora comparto con quien tenga a bien leer esto.
Últimamente los cumpleaños y demás celebraciones aniversarias (osea, de una vez al año) a mí personalmente no me dicen nada.
Tal vez sea porque no me siento diferente. Obviamente noto el cambio en mí mismo y en mi alrededor, pero no lo siento como "debería" (de acuerdo con lo convencionalismos sociales), es decir, como si fuera una especie de parteaguas, algo como decir "antes de los 34 y después de los 34".
Y entonces la reflexión de mi pasado cumpleaños fue: ¿porqué festejar los cumpleaños?
¿Qué pasaría si no hubiera festejo, si nadie (ni siquiera yo mismo) recordara que es mi cumpleaños?
¿Qué tiene de diferente este día a cualquier otro? ¿logré algo especial hoy?
¿Me sirve de algo llevar la cuenta de cuántos he cumplido? Claro que llevar la cuenta es necesario (no digo útil) para efectos administrativos de tipo seguridad social, pensiones, etc., pero ¿a mí como persona me sirve de algo?
Evidentemente los aniversarios invitan a la reflexión y a la autoevaluación, como una especie de examen para hacer recuento de lo positivo y negativo que hicimos en ese último año; examen cuyo objetivo es, al menos en teoría, emprender acciones concretas para mejorar como personas. Pero no me parece que hacer este tipo de reflexión una vez al año sea verdaderamente útil (aunque siempre será mejor una vez al año que nunca!), por dos razones:
Primero, a menos que tengamos una memoria increíblemente prodigiosa, al ver para atrás no recordaremos la inmensa mayoría de las cosas que hicimos, dijimos o pensamos en el año. Sólo recordaremos los acontecimientos más significativos y en base a ellos calificaremos, para bien o para mal, a todo el año. Esto nos dejará siempre con una evaluación incompleta y sesgada.
Segundo, la autoevaluación anual generalmente termina con los famosísimos "propósitos", ya sean de cumpleaños o de año nuevo; acciones que, según nosotros, nos comprometemos a llevar a cabo en el siguiente año. Pero, seamos realistas, la probabilidad de que llevemos a cabo los propósitos durante más de dos semanas es muy baja, con lo cual acabaremos irremediablemente con la sensación de que no fuimos capaces de hacer lo que nos propusimos.
Y es que creo que estos dos problemas (el de la autoevaluación incompleta y el de los propósitos irreales) son consecuencia, respectivamente, de dos errores de planteamiento:
1. Un año es mucho tiempo para abarcar con nuestras memorias de corto plazo.
2. Creemos, absurdamente, que siempre podremos hacer nuestros propósitos mañana u otro día, cuando en realidad no podemos asegurar que vamos a vivir hasta mañana, mucho menos hasta el siguiente aniversario.
En este sentido, desde este humilde espacio propongo que el ejercicio del aniversario lo hagamos, en vez de una vez al año, una vez al día. Creo que de esta forma sería mucho más factible y provechoso, primero, porque es más fácil recordar lo que hicimos, dijimos y pensamos en las pasadas 16 horas (sin contar 8 horas de sueño), y segundo, porque es mucho más realista plantearse propósitos de un día.
Creo que el enfoque del día a día tendría varias ventajas, por ejemplo, podríamos aprovechar de pretexto y festejar algo cada día! Porque todo festejo debe incluir comida favorita, chelas con los cuates, cena con la familia, etc., etc. Y por si eso fuera poco, tendríamos la enorme oportunidad de permitirnos a nosotros mismos disfrutar del momento, sin andar malviajándonos con lo que podría pasar en el futuro! Como diría el maestro Lennon: "Imagine all the people living for today..."
Así pues, hasta aquí le dejo a la reflexión de los aniversarios, y mejor me voy a celebrar mi feliz feliz no-cumpleaños del día de hoy con un delicioso cafecito, por aquello de que sea el último...
Así que propones como propósito de este año, hacer evaluaciones y propósitos diarios... Suena bien, sobre todo, la parte de los festejos.
ResponderEliminar