lunes, 10 de septiembre de 2012

Alegoría de la realidad lógica


"Pues bien, en tanto [el orden natural de las cosas]
no existía o no estaba sólidamente establecido,
los acontecimientos más maravillosos no tenían nada
que no pareciera perfectamente concebible".
Emile Durkheim, Las formas elementales de la vida religiosa.


En semejante día soleado, era imposible concebir cómo las flores habían decidido retirarse a sus meditaciones crepusculares. El rojo del cielo anunciaba una lluvia esplendorosa y los carros del ferrocarril se derretían como pequeños cubitos de plomo en pleno invierno.

Pero nada de eso lograba entristecer el buen humor de las cigüeñas que retozaban en la gelatina y se deleitaban en el verdor de sus escamas.

Las niñas ancianas, en cambio, se deban cuenta que tanta congruencia sólo podía significar una cosa: el pequeño mastodonte estaba a punto de emerger en toda su terrible majestuosidad del fondo de las nubes, como cuando los murciélagos son arrancados de la arena por la feroz espuma del mar en calma.

Fue entonces cuando las libélulas llamaron a consejo batiendo sus alas estrepitosamente sobre las burbujas de luz.

Los humanos, sobrecogidos por todas estas señales y acordes con su interminable paranoia, decidieron que la guerra ya no era la mejor forma de hacer crecer los abedules y volvieron a su sueño de jirafas azules y volcanes que se condensan en vapor de lava amarilla.

Así surgieron los armadillos de nieve y las garrapatas gigantes y los caramelos de azafrán y el lodo que cubre el cielo despejado y las armaduras de pelo de medusa y las galletas de raíz de lirio acuático y todas esas bellezas que se despliegan ante nuestros ojos cuando nos alejamos de las fantasías y nos atenemos a la razón pura.

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