martes, 14 de agosto de 2012

De la apropiación del arte


Con esto de que prácticamente cualquier celular trae cámara y de que ya no estamos limitados por la película, el revelado y la impresión, es de lo más común que nos pongamos a tomar fotos en cualquier lugar y en cualquier situación. Se ha vuelto algo casi instintivo, inconsciente.

Pero un aspecto de este nuevo hábito tecnológico que me llama especialmente la atención es cuando lo hacemos en los museos (al menos en los que lo permiten).

¿Por qué tomamos fotos en los museos? Y aquí, más que a las fotos que nos tomamos a nosotros mismos en la entrada o junto a una pieza importante en plan "yo estuve aquí", me refiero concretamente a las fotos que tomamos de las piezas de arte.

Una posibilidad es que vayamos a usar las fotos para ilustrar algún trabajo o presentación, pero parece que en la mayoría de los casos no es esta la razón.

Otra posibilidad es que simplemente queramos tener un recuerdo de visita, una forma de guardar el momento, de darle persistencia en la memoria. En este caso habría que preguntarnos si es que las fotos se vuelven a ver y, de ser así, cada cuánto. Si las fotos de las piezas de museo casi nunca se vuelven a ver (como me pasa a mí), ¿para qué tomarlas?

Por un lado, creo que el asunto tiene que ver, efectivamente, con el recuerdo, con el momento. Me parece que es una forma de darle permanencia a lo que es explícitamente pasajero: la visita, la exposición, la obra, la imagen mental, el sentimiento agradable.

Por otro lado, creo que también es una forma de apropiación del arte. Apropiación en el sentido de poseer, de ser el propietario de la obra (aunque en menor escala); pero también en el sentido de comunión con el artista, de apropiarnos de su pensamiento, su sentimiento y su visión del mundo.

En ambos casos, un esfuerzo más o menos desesperado e inútil de aferrarnos al instante placentero, de mantenerlo por siempre. La batalla perdida contra ansiedad que nos genera la impermanencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario